31 de octubre de 2020

Dra. Claudia Nayibe López Hernández

Excelentísima Alcaldesa de la ciudad de Bogotá

Presente.-

                  Al momento de escribir esta misiva deseo que goce usted de muy buena salud y tenga éxitos enormes en su gestión, entendiendo como éxitos,  el correcto manejo de fondos públicos y políticas orientadas a satisfacer las necesidades de su pueblo y no oscuros beneficios personales como la historia nos cuenta de innumerables hechos de “servidores” públicos en muchos rincones del planeta.

                  Déjeme aclarar, en primer lugar, quién le escribe porque eso de recibir cartas de un extraño puede ser considerado acoso o, como mínimo, algo raro. Me llamo Mónica Gallo Giancola, soy venezolana, aunque de padres italianos que vinieron a Venezuela huyendo de la postguerra y de una Europa reducida a cenizas por la II Guerra Mundial. Llegaron al país en una ola de migraciones controladas por el entonces gobierno del dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez en 1953, quien, al parecer tenía una fijación con hacer de Venezuela una copia de ciertas ciudades europeas.

                  Soy la última de 5 hermanos, nací en 1971 y mi padre nos envió a todos a la universidad pública venezolana. Como sé que en Colombia la educación universitaria es muy costosa, le voy a explicar cómo funciona aquí: mis hermanos, por vivir en Caracas estudiaron en la Universidad Central de Venezuela, UCV, donde no se paga NADA, absolutamente nada por matrícula y además gozaban de beneficios de comedor, transporte, becas y bibliotecas completamente gratis. Yo, por cuestiones de la vida, estudié en la Universidad de Los Andes, ULA, donde también goce de los mismos beneficios.

                  Mi hermana mayor es médico, pediatra, neonatóloga. El que le sigue es contador y administrador, la siguiente es arquitecto, el que viene antes de mi es historiador y dado a la política y yo que soy comunicadora social. Mi padre, sastre y mi madre, ama de casa, vieron realizados sus sueños de tener lo que ellos no tuvieron: hijos profesionales. Yo nací un año después que usted, así que somos contemporáneas y quizás lo que le voy a contar no sea ajeno a su realidad y a su época. Seguro usted ahora es alcaldesa seria y ocupada, pero  disfruto de la música de Mecano, Scoprnions, Culture Club, Cindy Lauper y un largo etc. También vio caer la URSS y el Muro de Berlín, vivió la Perestroika, la Guerra del Golfo, la invasión de Irak a Kuwait y otras atrocidades humanas.

Disculpe, doy muchas vueltas, pero como le dije, quería romper el hielo y decirle que aunque usted esté e la fría Bogotá y yo en la caliente Valencia, no somos tan distintas. En días pasados vi un video suyo hablando de los balances de su gestión. Por cierto, muy bonito el decorado rojo que adornaba el podio. Entre lo que mencionaba usted estaba el hecho de que  en Bogotá casi todo había mejorado, pero no la delincuencia, la cual había aumentado un 1% y decía (cito) que usted no quería ser  o sonar xenofóbica, pero  habían un grupito de venezolanos delincuentes que le tenía la vida hecha cuadritos. Cuanto lamento que haya venezolanos por ahí dejando mal parado el nombre de mi país en el mundo.

Eso me trajo a colación muchos recuerdos de cuando Colombia estuvo… noo, disculpe, el tiempo verbal está mal empleado, Colombia ESTÁ todavía golpeada por la violencia entre guerrillas, paracos y quienes pescan en río revuelto, incluyendo políticos con las manos embarradas y comprados por grupos delincuenciales de poder, aunque, seamos sinceros, eso pasa un poco en toda América Latina y el mundo entero, porque sepa que seres humanos basuras los hay en todos lados y el hecho de ser basura no se los da la nacionalidad sino su condición humana per se.

Pero, le decía, recuerdo por allá en los 70 (que yo era muy niña) y los 80 (ya no tan niña) muchos colombianos llegando a Catia La Mar donde  yo vivía en aquel entonces,  huyendo de la violencia y la pobreza. Recuerdo que cada bolívar (hoy devaluado) eran 17 pesos colombianos. Muchos obreros, señoras de limpieza, trabajadores eran colombianos. De hecho, mi mejor amiguita del colegio es colombiana y aun hoy somos amigas, aunque ella está en Francia.

Por cierto, no solo eran colombianos que huían de su bello país, sino peruanos, ecuatorianos, haitianos, jamaiquinos, panameños, chilenos, argentinos y, obviamente, ya estaban acá muchos europeos que ya habían huido de la postguerra, pero también los había portugueses huyendo de Salazar, españoles de Franco y europeos del este del comunismo o la parafernalia esa que tenían tras la cortina de hierro, que llamémosla como la llamemos, los hacía pasar hambre.

Los motivos de estar en Venezuela eran muchos, pero básicamente dos: huían de la violencia por dictaduras, conflictos armados y pobreza. Pero ¿Qué le voy a contar yo a usted? Si usted podría darme clases a mí con su doctorado en Ciencias Políticas, ¡¡¡Por Dios!!! Que osadía la mía, disculpe.

El asunto es que sí, obviamente, los venezolanos hacíamos chistes sobre los hermanos latinoamericanos que llegaban por grandes oleadas buscando las bondades de la renta petrolera, que al final ha sido nuestra ruina, pero… esa es otra historia que no viene a colación. Era común llamar “portu” al portugués de la panadería o “italiano” al albañil o sastre o “español” al que cosía calzados de alta calidad a mano en Caracas. También estaban los colombianos o “caliches” y muy peyorativamente los “indios”… como dije estúpidos y xenofóbicos están en todos lados, sean de la nacionalidad que sea: basta ver las costas de Sicilia como tratan a los negros que huyen de la miseria africana.

Sin embargo, salvo las políticas nimias migratorias que tenía Venezuela, todos esos extranjeros legales o no, jamás sufrieron de discriminación, al menos no oficialmente y no recuerdo ningún funcionario público de alto nivel acusando a los hermanos de ninguna nación de ladrones y delincuentes, que, sin duda, dadas las posibilidades estadísticas los había. Me refiero a que no fue política pública el rechazo, aunque en la práctica cotidiana las putas, los ladrones de poca monta y los asesinos en las zonas más marginales de Venezuela eran “los colombianos”. De hecho, si uno salía sin cédula de identidad era común que te dijeran “agarra la cédula pa ir a la calle no te vayan a deportar para Cúcuta”.

Verá que también tenemos nuestros propios idiotas. No obstante, las escuelas estaban llenas de colombianitos (y peruanitos, y ecuatoriancitos y haitianitos y panameñitos) estudiando y cuando una mujer llegaba con flores de parto y dilatación de 10 cm, el médico de guardia no pedía tarjeta de afiliación a un seguro médico ni mucho menos pasaporte vigente, válido y sellado por las autoridades migratorias.

Seguramente, algún político decía a puertas cerradas que estaba harto de esos colombianos (peruanos, ecuatorianos, haitianos, etc), pero jamás los culpó de su incompetencia en el cargo público, lo cual, no se preocupe, no es usted la única: la historia está llena de ejemplos así: Stalin culpaba a Trotsky, por ejemplo. Pero, esto lo explica mejor Umberto Eco (disculpe, lo explicó, si es verdad que el señor ya nos dejó) en uno de sus artículos del libro Cinco Escrito Morales, el cual, supongo debe haber usted leído, y en el que sostiene en su escrito El Fascismo eterno que los fachas se regodea acentuando el miedo a las diferencias y echándole a culpa de sus desaciertos a los demás.

Sobre eso, lamentablemente, los venezolanos tenemos experiencia, el chavismo es experto en echarle la culpa de sus burradas a los demás: la iguana o el espía gringo que sabotea el sistema eléctrico, la oposición que le tiene una guerra económica al gobierno y por eso nuestro pueblo se muere de hambre y, más recientemente el presidente Duque que es culpable de la pandemia de Covid19 en Venezuela. Si, si, suena estúpido y absurdo, todos sabemos que no es así y es un régimen inepto escurriendo la culpa a los demás.

Pues, querida, estimada y respetada señora, igual de estúpida y absurda suena usted cuando dice que los venezolanos son culpables de los hechos delictivos en Bogotá, una ciudad con 7 millones y medio de habitantes, cuando las estadísticas oficiales de cuerpos de seguridad y organizaciones de derechos humanos de su país dicen que son culpables  de menos del 3% de los crímenes en Colombia.

Para finalizar, le recuerdo estimada y excelentísima alcaldesa que los venezolanos nada tienen que ver con la violencia que azota a su país hace décadas y de hechos tan lamentables como la Matanza de El Salado que es la más famosa y tampoco de miles de pueblos devastados en medio de un conflicto armado que desangra su hermosa nación.

Le recomiendo, como le recomiendo a todos los funcionarios públicos electos por voto popular en el mundo entero, que asuman sus derrotas, desaciertos y desastres antes de culpar a los demás, ya que  eso se ve muy feo doctora, y ,en un mundo globalizado que busca la igualdad y lo políticamente correcto, la inserción de las minorías debería ser política pública y no argumento pobre, débil y malintencionado para cubrir que sus estrategias para vencer la desigualdad, la pobreza y la violencia en Bogotá han fracasado. 

Se despide de usted, atentamente

Mónica Gallo Giancola

monicagallo71@gmail.com

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