Por Luis Beltrán Guerra

Panampost

He de aclarar que he venido como teólogo, no como profeta. Disertaré acerca de CAP esforzándome en “lo que quiso ser, lo que fue y lo que no pudo ser”, lo cual trasciende lo meramente venezolano.

La teología examina a “la envidia”, sentimiento de quien, estando al acecho, ansía lo de otro, ¿Será que el mal tiene que ver con la obstinación del espíritu y la indolencia del corazón? Los éxitos y dificultades del “caminante”, cercanos a celos, resentimiento y animosidad.

En lo formal, ante un Estado para que nos conduzca, camino presunto al bien común, mediante leyes, la ejecución y aplicación de ellas, que emergen de funciones separadas, pero se controlan. Son “fórmulas organizativas” para conformarnos en sociedades. Pero, “algunas democráticas, otras no”.

La regla, subsumirnos en esa morfología. Pero somos humanos, por lo que todo es posible, “la sustitución de unos por otros” y devaluándonos: “Ni lo uno, ni lo otro. sino todo lo contrario”, achacaron al Presidente. La burla ante el éxito y el proverbio “el que se mofa del pobre afrenta a su hacedor”. Y, “A Carlos Andrés lo que le falta es una cuota de ignorancia”. “Quien se regocija de la desgracia será castigado”. Lo axiomático cede a la pugnacidad.

Esas calificaciones despectivas al dos veces Presidente por voto popular mojaban el pasto para la envidia, alimento de la historia constitucional incierta de los suramericanos. En el contexto, también, es riesgoso demandar sacrificios al pueblo ante una democracia erosionada. ¿Habrá sido, igualmente, el escenario del Presidente? No sé, pero exigir al sistema cuando hay falencias, ha de pensarse.

En la ruptura constitucional, ¿cabría “la soberbia”, aparente consecuencia de la controvertida reelección presidencial? Específicamente, la de 10 años prohibitivos. Tal vez en Chile, a raíz de las explosiones populares, se analice la conveniencia de repetir para una 2da magistratura. Por cierto, en CAP II se arguye el éxito de la economía del país sureño, con fundamento parecido al de Caracas. Pero los discrepantes reían de “la mano invisible”, sin conocer, ni siquiera, “la metáfora de la economía de mercado”. Plantean las protestas contra Piñera II, pretendiendo similitud con “El Caracazo”, lema del “groupuscule” perverso que no podía tolerar que no gobernaba “un godo”. Lo hacía “CAP”, las letras que definían al Presidente del pueblo.

La intensa vida partidista y parlamentaria, así como la cercanía con Rómulo Betancourt, lo condujo a la primera presidencia. “Este es el hijo que no tuve”. Un espaldarazo. La dedicación para querer serlo, un determinante dinamismo, garras y entusiasmo, justifican “Ese hombre sí camina”. Y con esa gloria vuelve a ser electo. ¿Sería, acaso una de las causas de su debacle? Pregunta importante.

En lo relativo a las políticas económicas, la primera por Gumersindo Rodríguez y la otra por Miguel Rodríguez, por lo que “Venezuela ha sido gobernada en dos ocasiones por Pérez y, este, entre dos Rodríguez. ¿Las calificaciones? La primera, cercana al populismo socialista. “La Gran Venezuela”, una locura. La segunda, neoliberal y sus ductores,  los “Chicago Boys”. La mixtura de la envidia y la pugnacidad devaluaron los programas y a sus conductores: “Paquetico Rodríguez y encantador de serpientes” a Miguel. “Enano siniestro” a Gumersindo.

¿Habrá sido, “El caminante”, víctima de herederos de la godarria española, enemigos de las masas populares? En el primer gobierno, el liderazgo democrático resistió los embates, no en el segundo, debilitado ante “el godismo”. Carlos Blanco menciona al grupúsculo, ya algunos enterrados.

El alzamiento (Chávez) mirado como reacción castrense ante necesidades populares de las últimas décadas. El Presidente Caldera, para algunos, entusiasmado a un segundo quinquenio, no lo cuestionó duramente, lo contrario del Senador David Morales Bello: “Mueran los golpistas”. Al eterno defensor de CAP, para sorpresa, no le fue bien.

“El caminante” luchó para no ser “Jarrón chino en apartamentos pequeños sin espacio para ponerlos”. Aprovechó, por el contrario, el reposo constitucional (10 años) en analizar el presente y futuro, cara a la magistratura dos. Germina “la elección directa de los gobernadores de Estado”, deuda presunta a la Constitución del 61. Para el jurista Eloy Lares Martínez “la ley de destrucción nacional”. CAP asume el reto promulgándola y en los comicios le va mal a AD. Pero, además, los electos se convierten en “presidenticos y los Estados en republiquitas”.

“El bribón criollo” pasaba la mano a sus compañeros, superiores y subalternos, obnubilándolos con charlatanerías. No con “táctica, mando y ocasión”. Se le trató como héroe, así como a los oficiales en el golpe y el largo gobierno que, desde donde no sabemos, todavía dirige. No otra puede ser la contestación.

¿Venezuela fue objeto de un complot? Son más que suficientes las apreciaciones del Presidente en el Congreso que lo sustituiría: “Supuse que la política se había civilizado y que el rencor y los odios no determinarían su curso. Quiera Dios que los causantes no se arrepientan”. El Señor no les perdonó.

El que sí fue derechito al brete: el país, hoy destruido. El subsuelo institucional: “Si el Ejecutivo no se limita por la Constitución y la Ley, la Asamblea no legisla, los tribunales no controlan el exceso de poder, no hay Estado de derecho” (María A. Grau).

El análisis de “Ese hombre sí camina” no deja de ser complicado. Sus adictos, no obstante, decían, “El gocho para el 88”, asomando un segundo y hasta un tercer gobierno. Los más ilustrados pensaban, tal vez, en emular a Angela Merkel, la canciller alemana con 15 años consecutivos a los mandos de la Unión Europea.

Pudiéramos afirmar, en aras de un juicio ambicioso, que Kant en el otro mundo le dijo: “Aprendió a actuar guiado por la voz del deber. Y a pesar de ello CAP respondió: Me llamaron de todo, incluso, “Locoven”.

Me despido. Soy el teólogo Atanasio, el venezolano. No el de Alejandría.


Luis Beltrán Guerra Guerra es un abogado, profesor, político y escritor venezolano.

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