El 13 de mayo de 1940, el recién designado primer ministro de Inglaterra Wistón Churchill, en plena segunda guerra mundial,  pronunció un histórico discurso en el parlamento británico, donde expresó: «No tengo nada que ofrecer, sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor».

Asumió la conducción de su país en una situación en extremo comprometida, cuando estaba en riesgo su sobrevivencia y la vigencia de la libertad y la democracia.

Sin lugar a dudas fue un discurso dramático donde habló con sinceridad y con la cruda verdad a su pueblo. Lo convocó a una lucha dura, difícil y compleja. No llegó a ofrecer fantasías, sino a poner en evidencia la  realidad de enfrentar una dictadura y una maquinaria de  muerte.

“Sangre, esfuerzo, sudor y lagrimas” es lo que hoy también padecemos los venezolanos, como consecuencia de la presencia en el poder de la camarilla comunista y militar que lo usurpa. Todos conocemos los esfuerzos diarios de cada familia por sobrevivir. Todos hemos generado lagrimas por la partida de la familia o por la muerte de mengua de un ser querido o un amigo, que no fue atendido en los destartalados hospitales, o para quien no hubo medicamentos, ni equipos de atención hospitalaria. Sudor para conseguir el pan, para cargar el agua, o la bombona de gas o la leña para cocinar los alimentos. Toda una tragedia que bien la conocemos y padecemos cada día.

En esta hora de dolor, estamos en el deber de hablar claro ante nuestros connacionales. La camarilla usurpadora no quiere abandonar el poder. No permite elecciones libres. No atiende los llamados de la comunidad internacional. Se aferra al poder ilegitimo, prevalidos de contar con un aparato armado que la soporta. Militares, colectivos y guerrilleros o paramilitares constituyen su verdadero sustento, porque el pueblo los repudia.

Ante tal ignominia no podemos resignarnos. Estamos en el deber de perseverar en la lucha. Algún amigo podrá afirmar que ya hemos luchado, que hemos ofrendado vidas, recursos, comodidades y posiciones en la búsqueda de la libertad. Y es cierto. Pero aun no hemos recuperado la democracia. Por ello es imperativo resistir espiritual, material y políticamente.

Somos conscientes de las graves limitaciones materiales y anímicas que tenemos en estas horas. De nuestras entrañas de pueblo debemos sacar fuerza,  para continuar la resistencia y la lucha frente a la inmoral camarilla usurpadora.»

La protesta popular, que en los días finales de septiembre y en este mes de octubre ha recrudecido en diversas regiones del país, debe ser acompañada y extendida. No se puede desvirtuar porque la cúpula roja haga caso omiso a sus planteamientos. No se puede despreciar porque no haya logrado la fuerza suficeinte de obligar a los usurpadores a abandonar los espacios del poder. Hay que animarla cada día, porque ella evidencia que no estamos resignados. Que seguimos indómitos frente a las pretensiones de someternos, hasta el punto, que renunciemos a vivir en libertad y democracia.

Nuestra lucha debe expresarse en formas diversas. En la calle, en las plazas, en el ejercicio de la ciudadanía. Por ello haremos el vacio a la farsa electoral del 6D. Por ello ejerceremos nuestro derecho a la ciudadanía participando en la consulta alternativa para ratificar nuestro repudio a la dictadura y para recordar al mundo nuestra tragedia.

Debemos tener claro que nuestra libertad la debemos conseguir nosotros luchando. Nadie va a venir a darnos democracia si nosotros, los venezolanos, no ofrecemos más “sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas”.

De modo que como nos lo ha recordado la Conferencia Episcopal Venezolana “la abstención no es suficiente” como protesta. Es necesario ir más allá en esa protesta. Nuestro rechazo al fraude electoral parlamentario es en esencia una protesta, no un valor o comportamiento. Por el contrario en nuestra esencia democrática está la participación y el voto. Pero cuando éste es secuestrado, manipulado y desvirtuado, la abstención y la protesta debe ser nuestra respuesta.

Esta hora venezolana es tan dramática, guardando la distancia de los tiempos y circunstancias, como la que se le presentó al pueblo ingles en aquella célebre época. Hoy la nación venezolana vive una situación igualmente trágica. Está comprometida la existencia del estado y la unidad de la nación. El régimen autoritario  ha comprometido nuestra soberanía, hasta el punto de convertir a nuestro país en un peón de los intereses de la geopolítica mundial, colocándonos como una región al servicio de los intereses de la dictadura rusa, a través de sus agentes cubanos. La camarilla usurpadora, además, ha comprometido nuestra integridad patrimonial al hipotecarnos al imperio asiático. En efecto, las deudas contraídas con China y la cesión de intereses estratégicos a ese gobierno, afectan de forma significativa nuestra independencia financiera y política. En su afán por perpetuarse en el poder han establecido compromisos políticos y económicos con estados fundamentalistas como Irán, y con grupos terroristas internacionales, que colocan a nuestro país en una situación en extremo difícil.

Más allá del cuadro geopolítico complejo al que nos han conducido,  es más que evidente,  el nivel de destrucción en el que estamos. Por esas razones debemos recordar: lograr la libertad nos costará más “sangre, sudor y lágrimas”.

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